La década de los 1980 está marcada por el auge de la novela
histórica, como demuestra el éxito de Umberto Eco o Ken Follett, la literatura
de fantasía (las obras paródicas de Terry Pratchett o las de Dragonlance, que
emparentan el género con el juego de rol), y el relato de vidas de antihéroes.
En España se vuelve a una lírica gobernada por las leyes de
la métrica, con autores que alternan el cultivo de la poesía y de la prosa,
como Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero o Andrés Trapiello. En Portugal
triunfa José Saramago con una novela que toma un fuerte posicionamiento
político. En Japón escribe Haruki Murakami, uno de los autores más leídos de
las letras niponas en Occidente. En el ámbito inglés, es relevante la
aportación de Ian McEwan. Orhan Pamuk salta a la fama con sus novelas cruce entre
el mundo oriental y el occidental. Bernardo Atxaga es uno de los nombres más
preeminentes en euskera.
El tema colonial se cultiva tanto por autores africanos,
como Tahar Ben Jelloun o Chinua Achebe, como nacidos en las antiguas
metrópolis, como por ejemplo António Lobo Antunes. La literatura india cuenta
con Salman Rushdie, condenado por sus declaraciones religiosas.
En Estados Unidos empiezan a publicar escritores de éxito
como David Foster Wallace o Jonathan Franzen, que reivindiquen el retorno a la
narrativa tradicional sin renunciar a las aportaciones posmodernas de la
cultura popular o los diferentes medios de comunicación.
En Sudamérica continúan las publicaciones de los autores del
realismo mágico, pero con nombres nuevos como el de Isabel Allende. Al mismo
tiempo surge una literatura de protesta, fuertemente politizada, que reclama la
plena democratización del subcontinente.
En catalán se hacen populares novelistas como Quim Monzó,
Isabel-Clara Simó y Monllor o Sergi Pàmies i Bertran y el parateatro o teatro
experimental de compañías fundadas en las postrimerías del franquismo, como
Dagoll Dagom, La Cubana o La Fura.
La literatura china sigue los caminos de la década anterior
pero las Protestas de la Plaza de Tian'anmen de 1989, con muertos y gran
repercusión mundial, suponen la apertura definitiva de las letras chinas, ya
que desde entonces proliferan las ediciones críticas, el diálogo entre los
autores exiliados y los nacionales y la difusión de textos prohibidos gracias a
las nuevas tecnologías. Un nombre a destacar es Gao Xingjian y en un ámbito más
popular Amy Tan. La caída del muro de Berlín el mismo año implica el mismo
hecho por los autores de la Alemania comunista.
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